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EPA

«Nos está costando recuperar el pulso en la promoción de la salud»

Francisco Javier Falo (Zaragoza, 1962) encara su segundo año al frente de la Dirección General de Salud Pública del Gobierno de Aragón
19/06/17
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  • Francisco Falo posa para EL PERIÓDICO, el pasado viernes, en su despacho situado en el Departamento de Sanidad. - FOTOS: JAIME GALINDO Francisco Falo posa para EL PERIÓDICO, el pasado viernes, en su despacho situado en el Departamento de Sanidad. -

Francisco Javier Falo (Zaragoza, 1962) encara su segundo año al frente de la Dirección General de Salud Pública del Gobierno de Aragón, un cargo que ya ostentó en la anterior legislatura del PSOE. Falo charla con EL PERIÓDICO sobre su gestión, la situación epidemiológica de la comunidad y reflexiona sobre cuestiones como la promoción de la salud o las vacunas. Una frase de Óscar Wilde se puede leer en una pizarra de su despcaho: «El único deber es el deber de divertirse terriblemente».

—¿Está satisfecho con la gestión de su dirección general en estos casi dos años?

—Mi equipo y yo estamos relativamente satisfechos. En Salud Pública la situación es complicada y siempre estamos en déficit. Nuesto presupuesto respecto al global del sistema sanitario está en torno a un 1,3% y nos gustaría siempre que fuera más. Pensamos que pesamos poco de forma presupuestaria. En periodos anteriores se perdió mucho presupuesto y capacidad de trabajo, y ahora la recuperación de algunos elementos cuesta.

—¿A qué elementos se refiere?

—En promoción de la salud, por ejemplo, no está costando recuperar el pulso. Cuando se acaba la legislatura del 2011 había casi 800.000 euros que aplicamos al ámbito de la escuela. En el 2015, sin embargo, no llegaba a los 10.000. Los enfoques de salud comunitarios perdieron mucho peso y recuperar ese músculo cuesta porque el margen de maniobra es el que es. También queremos mantener un pulso fuerte en seguridad alimentaria, en sanidad ambiental, en el plan de salud de Aragón para los próximos 15 años o en seguridad laboral.

—¿Esta etapa está siendo más tranquila que la anterior, cuando vivió la crisis de la gripe aviar?

—Bueno, tuvimos esa alerta, pero también otras como la de la legionela o el reto que supuso la Expo 2008. Desde un punto de vista comunitario fue importante, porque en aquel verano pasaron por aquí miles y miles de personas y lo superamos sin ningún evento de transcendencia. Hicimos un enorme trabajo previo de preparación y supervisión desde el punto de vista ambiental, seguridad alimentaria o calidad de las aguas. Creo que no hay momentos mejores ni peores. Ahora estamos viviendo situaciones de desabastecimiento de vacunas cuando antes no las hubo. Queda mucho por hacer, tanto como lo hecho. Siempre hay retos.

—¿Cree que el ciudadano está lejos de participar en esa salud comunitaria que usted desea proyectar?

—A nosotros se nos identifica con la urgencia y la emergencia. Siempre con aquellos aspectos más negativos, pero detrás de todo eso hay mucho trabajo que tiene que ver con los sistemas de información para saber de qué enferma la gente. Nos haría mucha ilusión que dentro de unos años la identificación de la salud comunitaria fuera un elemento importante, tanto como la farmacológica. Sería ideal poder decir que un paciente no necesita de un fármaco, sino de una actividad compartida con sus vecinos como respuesta a un problema de salud. A las personas les cuesta identificar que lo que importa en la salud es tener una renta, una vivienda y un trabajo digno, así como unas relaciones sociales. Todo eso también es un fuerte protector de la salud y determina el 80% de nuestra manera de enfermar y de morir. El sistema sanitario tiene un papel muy limitado en lo que respecta a la salud comunitaria y nos queda mucho por hacer.

—¿Por qué ha cambiado tanto el calendario de vacunación en los últimos años?

—Tenemos un programa de vacunaciones privilegiado y eso ha hecho que la mortalidad infantil haya bajado. Pero hay que hacer una reflexión pausada del tema, porque en los últimos meses hemos entrado en España en una situación de presión con la vacuna del meningococo B (meningitis) que no está justificada. Las familias han sentido necesidad de adquirirla y es curioso, porque casi el 20% de la producción mundial de la vacuna se ha comercializado en España. Los organismos internacionales nos han preguntado qué pasaba con la meningitis B en España, si estábamos en alerta. Todo lo contrario, porque la presión de la industria y de determinados colectivos no se justifica con una situación grave.

—Entonces, ¿el desabastecimiento de la vacuna del meningococo C no está justificado?

—En España no hay una situación epidemiológica que nos someta a presión. Todo esto parte porque Reino Unido la introduce en su calendario para ver qué efectos tiene una vez que está dentro del documento oficial. Ahora están saliendo los primeros resultados, así que es hay esperar. Lo que hay que hacer es identificar las vacunas con un interés comunitario claro y, en función de eso, incluirlas en el calendario.

—¿Qué opina de la polémica surgida estos días entre las vacunas y el autismo?

—Esa relación que se ha hecho es totalmente falsa y se sabe que no es cierta. ¿Por qué se insiste en sacarla? Quizás la Administración en algunos aspectos hemos perdido credibilidad, pero la gente solo debe informarse en los sistemas sanitarios. Las vacunas son un tema con una dimensión social y todo el mundo quiere hablar, pero hay que ser cautos.

—¿Cómo explica que este año se hayan disparado las paperas en Aragón en comparación con otras temporadas?

—Es una cuestión circunstancial que tiene varias explicaciones. La parotiditis (paperas), el sarampión y la rubeola se ponen en una misma vacuna. Se trata de una dosis mantenida durante muchos años que, cuando empieza a proteger de manera general, hace que la población susceptible baje y se crean bolsas de personas no vacunadas. Después, hay otro grupo en los que la vacuna de paperas no ha sido efectiva, que puede ser entre un 10% y un 20% de las dosis. Y, en tercer lugar, está la opción de la reintroducción del virus en el país por parte de poblaciones que vienen y no están protegidas. Es una situación que ocurre cada tiempo con algunas enfermedades y se dan brotes, pero están muy controlados y no son graves. No es como hace 30 años. Desde el punto de vista epidemiológico es esperable, pero hay que estar atentos.

—¿En algún momento han temido que las intoxicaciones por histamina (atún rojo) se convirtieran en una epidemia?

—No, porque esto también ha sido circunstancial, pero es una de esas situaciones en las que nos debemos parar a pensar y recordar que no hay que bajar la alerta con ciertos tipos de productos. En la industria alimentaria hay cosas que cambian como resultado de la demanda del consumidor. De hecho, el consumo de atún ha cambiado sus patrones en los últimos 5 o 10 años, porque antes el atún era un producto de temporada. Es decir, era pesca de proximidad y se compraba en una época concreta del año en las pescaderías, mientras que ahora hay atún todo el año. Creo que como consumidores no somos conscientes de lo que hay detrás de estos productos. Es una alimento que se pesca, de forma perfecta, pero en caladeros lejanos o buques-factoría. Después, son procesados, congelados, pasan por una transformación industrial donde se descongela y, en última instancia, se vuelve a procesar para que el producto sea expuesto en pescaderías de forma preparada para su corte o venta. En algunos casos es un producto que tiene aditivos y, en un puesto, el consumidor no tiene claro lo que hay detrás de este producto

—¿Se extremarán las medidas?

—De lo que nos ha pasado estas últimas semanas y de esa agrupación de brotes aprenderemos. Hay que intensificar los controles a este producto e intentar trasladar al ciudadano la idea de ser más exigente a la hora de informarse del producto que se está comprando. Hay que ser conscientes de que el atún tiene una vida comercial más limitada, es sensible, está expuesto a la manipulación y a la gestión en unas temperaturas no adecuadas.

—Hace unas semanas fueron muy incisivos con el tema del tabaquismo y van a poner en marcha consultas más intensas en Atención Primaria.

—Es un tema que nos preocupa y mucho. Tabaco y alcohol son, desde el punto de vista de las adicciones, los dos grandes problemas de la sociedad. Siempre pedimos más al sistema sanitaria y la sociedad nos reclama, pero es que podríamos evitar tanto fumando menos... Todavía tenemos a una de cada cuatro personas que fuma y se podría disminuir tanto la morbilidad y la mortalidad si se dejara de fumar. Se evitarían episodios cardiovasculares o infartos dejando de fumar que poniendo resistencia cuando ya no hay remedio. Hemos avanzado en los últimos años en el tabaquismo, sobre todo una vez lograda la ley que impedía su consumo en locales, pero ha llegado el momento de darle una vuelta de tuerca más al tema. EPA.


SANIDAD/DEPENDENCIA

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